miércoles, 23 de junio de 2010

El amigo europeo


A Leo lo conocimos en Frankfurt por casualidad. Corrían los primeros años de la década del 90, en medio del alocado periplo europeo, estábamos con Constanza buscando la dirección del Colo y por error al escribirla, dimos con la casa del alemán. Nos atendió entusiasmado por nuestro origen argentino, se mostró muy gentil y, luego de convidarnos una cerveza en su cocina europea y pulcra, nos permitió dejar nuestras mochilas allí y se ofreció a ayudarnos a encontrar a nuestro amigo y supuesto anfitrión.

Algunas horas después, cuando dimos con nuestro destino y corroboramos que sería imposible que El Colo cumpla alguna vez con sus promesas; ya que, en una actitud fiel a su estilo, se había ido sin aviso a España olvidando por completo nuestra llegada. Nos dejó varados en aquella prolija ciudad alemana con apenas 200 dólares y un pasaje de vuelta que debía producirse en dos días. Nada que modificara el espíritu de nuestras andanzas por el continente. Leo, generoso, nos alojó en su hogar, nos mostró su violín Hoffner y su pasión por el tango.

Pocos años después, ya instalados en una ruinosa casa de City Bell en la que increíblemente vivimos por más de 10 años, una noche de setiembre, apareció Leo. Vestido como los mormones que frecuentan los barrios periféricos en busca de nuevos fieles, se presentó con esa sonrisa alemana y su piel tan blanca, la flaca tardó un buen rato en reconocerlo. Inmediatamente lo invitamos a entrar. Llegaba al Río de La Plata dispuesto a perfeccionar su música en la mismísima cuna del tango, rápidamente debimos acomodarlo en ese espacio que usábamos de sala-comedor-living. Le preparamos su cama y le convidamos todo aquello que teníamos para comer.

La misma noche en que llegó, apareció el Inca con su guitarra y enseguida los músicos se pusieron de acuerdo, sobre todo después de varias rondas de vino matizadas con cocaína que, en manos de nuestro amigo, nunca faltaba en aquellos años de la convertibilidad. Tocaron rock y blues y sobre todo tango. Hasta ese momento ignoraba que El Inca conociera tanto de música ciudadana. Como era su costumbre Constanza se fue a dormir temprano y todos seguimos recorriendo los tangos que, cancionero en mano, me atreví a cantar, sorprendido de tantas cosas que mi memoria albergaba sin que yo fuera consciente.

Leo era un visitante distinto, y de una cultura tan diferente que sorprendía todo el tiempo. En primer término debo mencionar el idioma, no entendíamos casi nada, todo se manejaba en base a gestos y a mi estúpida tendencia a levantar la voz para hacerme comprender. La única que se comunicaba con cierta fluidez era La Flaca, que hablaba algo de inglés. Eso no impedía, sin embargo, que los músicos discutieran cuestiones que les eran propias: El alemán se quejaba de que la tercera cuerda de la guitarra estuviera medio semitono desafinada y que el argentino fuera desprolijo; el guitarrista por su parte, acusaba de falta de barrio, y barro, al virtuoso violinista de la sonrisa perenne. “¡El tango transpira!” gritaba El Inca, drogado y orgulloso, para hacerse entender.

No puedo evitar reír al recordar aquella tarde en que organizamos un paseo en bicicleta para conocer la ciudad, yo me monté en la bici de La Flaca y le facilité la mía al huésped, se apareció en la calle a punto de partir con un atuendo compuesto de calzas y camiseta de lycra de encendidos colores, un calzado acorde, y un casco alargado que nunca había visto antes. No pude reprimir la carcajada al verlo así ataviado y tan preocupado por nuestra seguridad vial. Me preguntaba cómo había hecho Leo para cargar tantos objetos extraños en aquella valija pequeña con la que llegó a Sudamérica.

A los pocos días de su llegada organizamos el periplo porteño, incluía cena en el bodegón donde tocaba El Inca y después una recorrida por bares de La Boca y San Telmo donde sonara el tango. Fue increíble un duelo de violines tocando blues del que participó, con su sonrisa, el alemán y un músico vernáculo, ambos borrachos y duros, pero de estilos casi opuestos. Leo con ese aire de predicador de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días y su prolijidad, el argentino con sus canas largas y su apasionada desfachatez. Nosotros, espectadores, intensificábamos nuestras visitas al baño.

Leo se pasó gran parte de aquella noche, mientras caminábamos cantando borrachos por aquellas calles del sur porteño, cargando junto al siempre presente estuche de su instrumento, una lata vacía de cerveza, desesperado por no encontrar el recipiente indicado para arrojarla. Finalmente un piadoso amigo tomó aquel objeto y lo colocó con prolijidad excesiva en una esquina que acumulaba montones de desperdicios que alguna remota vez habían sido embolsados para que los retire el camión recolector.

Confundido nos miraba cuando le sugerimos que abandone la búsqueda de los cinturones de seguridad en el Citroen del Inca, con el que nos movilizábamos todo el tiempo. Ni qué decir de su actitud durante los viajes nocturnos en tren en aquellas formaciones del Roca. Le sorprendía que un amigo nos visitara sin avisar, y con tanta frecuencia. Adoraba la naturalidad con que afrontábamos algunos hechos, como la ausencia de comida suficiente o dinero para pagar la factura del teléfono. Todo aquello estimulaba en el visitante europeo un ambiguo sentimiento, mezcla de fascinación y temor. Tensión entre el deseo y la fragilidad e indefensión.

Algún tiempo después el alemán consiguió lugar en una orquesta de tango, un cuarteto devenido en quinteto con su presencia, que hacía funciones con regularidad en distintos puntos de Buenos Aires. Allí conoció a Lidia, la cantante, se enamoraron y se mudó con ella. Sus actividades y las nuestras nos alejaron y aliviaron la preocupación por el huésped que nos había robado la intimidad. Las visitas se fueron haciendo espaciadas y por algún tiempo perdimos contacto.

Cuando se aproximaba el fin del milenio y nuestro país se acercaba con ritmo ágil al infierno, sonó el teléfono. La novia de Leo nos llamaba preocupada, lo habían internado en el Borda con un brote sicótico. No podíamos creer lo que nos decía aquella mujer, no podíamos relacionar la imagen de aquel alto y rubio extranjero con el hospital psiquiátrico de los desamparados. Llamamos al Inca y corrimos a encontrarnos con él. Nos impidieron verlo, nos dijeron que estaba descansando, gritamos y peleamos con la guardia del hospital, en un intento por torcer la decisión y ver a nuestro amigo. Debíamos hacer algo.

Aturdidos buscamos entre los papeles, mapas y recuerdos de nuestro viaje por Europa, hasta encontrar el teléfono del alemán. Constanza, en inglés, logró comunicarse con alguien, que conocía a un amigo, que sabía el paradero de la familia de Leo. Su papá finalmente nos informó aquella misma noche que vendría en 48 horas a llevarse a su hijo. Concertamos la cita en un bar cercano al psiquiátrico, lo reconocimos inmediatamente cuando llegó, tan alemán y elegante, en compañía de otras tres personas. Noté que sus zapatos costaban más dinero que el auto del Inca. Un intérprete, que formaba parte de la comitiva, nos informó que habían llegado de Alemania un médico y un enfermero enviados por la empresa de salud prepaga de la familia.

Cuando salió de aquel lugar, nuestro amigo estaba irreconocible. La barba y el cabello largo, su piel enrojecida, sus ojos mirando al vacío, y su sonrisa eterna convertida en mueca inexpresiva. Intentó saludarnos pero parecía que su cuerpo no alcanzaba a responder a sus intenciones. Lo subieron en un automóvil que había puesto a disposición el consulado y emprendieron la marcha hacia el aeropuerto. El Inca y yo intentamos seguirlos, aunque los perdimos de vista rápidamente cuando aceleraron aquel Mercedes Benz que los ocultaba tras sus vidrios oscuros.

En Ezeiza los encontramos a punto de embarcar, Leo vestía un elegante pantalón y una camisa amarilla. Seguramente habían reemplazado su raído pijama en el trayecto. Nos sonrió nuevamente, y esta vez parecía volver a asomar aquella gestualidad que lo había acompañado cuando lo conocimos. Al perderlo de vista corrimos con el Inca hacia el estacionamiento, temíamos que el valor de la estadía en el aeropuerto supere nuestra capacidad económica.

Nunca supimos qué fue lo que pasó, solo que lo denunciaron por saltar desnudo sobre los techos de los autos. Lidia no dio más detalles y no volvimos a verla. De regreso a City Bell, algo duros y todavía sorprendidos, especulábamos con El Inca sobre aquello que Leo no pudo superar, la distancia que había entre su ordenado país y nuestra Argentina en crisis.

No hay comentarios:

Publicar un comentario