sábado, 31 de julio de 2010
MIRÁ, SI NO TENÉS AGUANTE PARA HACER UN CHISTE MALO MEJOR NO LO DIGAS!
El problema, comprendí pronto, era que no podía festejar un chiste - ni siquiera sinceramente - sin ese barbarismo. Como no me gusta ser antipático - los antipáticos llevan una vida muy desgraciada, a menos que sean millonarios - me pasé al bando del "jajajaja" con cierta amargura; Hoy estoy acostumbrado, me parece lo más normal del mundo y estoy integrado y feliz.
Pero me niego a aceptar el neologismo que se multiplica como peste en foros, comentarios de weblogs y etcéteras: "Cuac"
Por si no lo saben, es una especie de onomatopeya que se pone al final de un chiste que se supone que es malo; una de las peores canalladas que se pueden cometer en el uso del humorismo.
Es algo así como decir: "Voy a decir un chiste malo, pero ojo que yo soy un vivo bárbaro y ya sé que es malo". Así, el usuario está queriendo quedarse con el pan y con la torta: Espera que algún que otro inocente festeje su gracia y al mismo tiempo que la BANDA DE AUTODENOMINADOS VIVOS que están con un pie en el "enter" para acribillarlo a "qué hambres" lo consideren como uno de ellos.
El usuario de "cuac" no quiere bancarse el abucheo; El usuario de "cuac" pretende ponerse por encima de su obra, como el lechuguino publicitario que le comenta a sus ex compañeros de taller literario que él en realidad es un novelista frustrado.
¿Qué diríamos de un actor teatral que al final de su lacrimógeno monólogo dijera "búuu, júuu, júuuu, lo único que falta en esta boludez son los violines"? ¿O de un futbolista que errara un gol y luego declarara que total el fútbol son veintidós tarados corriendo atrás de una pelota? ¿O de un médico que diga "y sí, se murió, qué querés, no soy Jesucristo"?
Si uno va a decir un chiste malo, debe hacerlo con el pecho enhiesto y la mirada puesta en el horizonte, sin abrir el paraguas, sin esquivar el probable escarnio ni escudarse tras un aparente postmodernismo humorístico. ¡El chiste malo debe decirse con la convicción de que es el mejor chiste del mundo, que las multitudes reirán histéricamente, que los cuerpos se revolcarán involuntariamente por los suelos, que los párpados se apretarán hasta doler, que las vejigas se aflojarán con apestosas consecuencias! ¡Y si es recibido con multitudinarias miradas hacia arriba y mordeduras del labio inferior, se debe mantener la expresión varonil y recia, sin pedir disculpas ni componendas, y continuar con la tarea cotidiana!
De lo contrario es mejor no decir nada, y asumirnos como los INSEGUROS AMARGADOS DEPENDIENTES DEL "QUE DIRÁN" que somos.
Y a propósito, perdón si el artículo estuvo flojito pero tuve poco tiempo porque hice un viaje de placer: la llevé a mi SUEGRA AL AEROPUERTO. Cuac.
Gatica
sábado, 26 de junio de 2010
Carla
Pero volvamos a Carla. Ella era la hija mayor de una familia de calabreses que habían llegado en los años 50 huyendo del hambre y la miseria de la posguerra. La hija mayor de una desventurada cocinera que parió cinco veces y nunca pudo entregarle a la sociedad un varón que siguiera con la empresa familiar. Carlita entonces, Ya que no hubo ningún Carlitos, recibió, por ser la mayor; todas las prerrogativas, obligaciones y mandatos correspondientes a los primogénitos.
Haciendo honor a ellos Carla era “varonera”. Así llamábamos a las niñas que jugaban con nosotros al fútbol, hacían torneos de eructos y escupidas, y eran capaces de pelearse a trompadas o piedrazos contra los del parque San Martín, archienemigos del barrio, con los que había “pica” y dirimíamos nuestras diferencias en los picados de fútbol en los que casi siempre terminábamos antes de tiempo a las patadas. Pero carlita también era una mujer bonita. Su genética itálica la había dotado de unas curvas que ni siquiera sus sucios y estirados pantalones o sus camisetas de fútbol con autógrafos de todo el equipo del lobo del 73 podían disimular.
Cuando cumplí los 15 años y mis hormonas me impulsaron inexorablemente a la cacería de una mujer, Carla ya tenía un cuerpo muy bien formado. Aunque se la pasara subida a los árboles, o en medio de una guerra de bichos torito, o la captura de ranas en los charcos del parque cerrado. Me las ingeniaba para observarla y admirar sus jóvenes tetas que pugnaban por expandir su gastada casaca deportiva. Ella parecía ignorar su nueva anatomía y los efectos que provocaba en los viejos amigos de toda su corta vida.
Un día Manuel, un chico 2 años mayor que yo, y tan obsesionado como todos con aquellas desafiantes prominencias que habían crecido en Carla para romper la vieja armonía de nuestra infantil amistad, la tomó por la espalda. De manera desprolija y torpe posó sus manos inexpertas en aquellos pezones. La respuesta de la niña convertida en mujer fue contundente: Apenas pasados esos interminables segundos que duró el proceso de descubrir y confirmar lo que pasaba, con un certero cabezazo, fracturó la nariz de Manuel al tiempo que le informaba, con un grito, sobre lo inapropiado de su conducta:
-“¡La próxima vez que te acerques te mato!”
Pipo y yo fuimos testigos del episodio, permanecimos callados y temerosos. Manuel llorando en silencio se alejó hacia su casa y no apareció por mucho tiempo en el baldío, que servía de punto de encuentro y base de operaciones para nuestras múltiples actividades infantiles. Nadie más habló de aquello durante mucho tiempo. Sin embargo desde ese día algo cambió.
Carla se alejó. Pasé por su casa unas cuantas veces para convocarla al baldío o a hacer alguna de las actividades acostumbradas y siempre se excusó con alguna mentira forzada. Cansado de tanta negativa dejé de visitarla. Ni siquiera apareció el día que con la camiseta naranja de Holanda del 74 jugamos las semifinales en la cancha del parque. La solíamos espiar cuando bajaba del micro que la traía del normal. Todos los muchachos sentados frente al kiosco y ella caminando con su guardapolvo que ya no caía desprolijo y sucio de corretear como un varón.
Por el contrario, ahora, un estratégico nudo hecho con las tiras que se abotonan por la espalda a la altura de la cintura, destacaba su cada vez más voluptuoso cuerpo de mujer. Su pelo seguía tan salvaje como siempre y acompañaba, sin desentonar, aquella mutación. Apenas intercambiábamos un tímido saludo agitando las manos a lo lejos, luego de lo cual debía someterme a las bromas cargadas de deseo de mis compañeros.
Cuando llegaba el verano del 81 yo ya había experimentado el vértigo de tener novia, como un cazador al acecho, practicaba una marca en las cachas de mi vanidad por cada mujer que rendía su inocencia ante la mía. Con ninguna de ellas había superado la etapa del beso, y solo una había introducido su lengua en mi boca, una vez. Confieso que me tomó por sorpresa, creo que no estuve a la altura de las circunstancias. Lo importante es que eso constituía toda mi experiencia sexual, y lo más curioso es que mis amigos tampoco habían franqueado aún aquella etapa. Había claro, un montón de rumores y fanfarronería en las reuniones posteriores al fútbol, en las que aprovechábamos para fumar cigarrillos e intercambiar información sobre mujeres y prepararnos para la próxima fiesta de 15 o malón que se desarrollase en nuestro entorno.
En lo mejor de aquel verano, cuando me preparaba para tragarme la vida con voracidad, caí enfermo con paperas, el médico indicó que no debía moverme de la cama porque corría el riesgo de que la inflamación descendiera hasta los testículos y los perdiera, asustado debí resignarme a comenzar enero en cama y aislado, mis amigos no venían a visitarme por el temor al contagio, yo sentía que mi vida era una verdadera tragedia hasta que al quinto día de mi enfermedad me visitó Carla. Se había encontrado con mi mamá en la peluquería y se había enterado de mis paperas. Como ella ya las había tenido decidió visitarme.
Ese día estaba con fiebre y mucha inflamación, mi cara estaba un poco deformada y me avergonzó que mi amiga me viera en esa condición. Ella estaba vestida con una musculosa y una pequeña minifalda hecha con jeans viejos, era una prenda de moda en aquellos años. Noté que ya se había decidido a usar corpiño y que estaba cada vez más hermosa. Me sonrió y me dijo que parecía japonés o mongol debido a la hinchazón de mi cara, la broma no me gustó pero estaba demasiado débil para quejarme. Habló un rato de su colegio, preguntó por los amigos en común, miramos El hombre nuclear en la televisión y se despidió porque su padre la esperaba. Antes de irse se inclinó para besarme en la frente y pude ver de reojo su escote y la florcita que tenía su corpiño color piel en el borde inferior. Esa noche cuando subió la fiebre soñé con mi amiga de la infancia.
Regresó a casa fielmente todos los días, la esperaba ansioso. A la hora de la siesta entraba por la cocina, saludaba a mi abuelo que la recibía cordialmente y le entregaba las galletitas y la Seven Up en una bandeja que ella graciosamente traía convertida en mi enfermera personal. Entraba en mi habitación, la misma en la que tantas veces habíamos jugado cuando éramos pequeños. En muy pocos días mi salud había mejorado. Recostados juntos en mi cama hablábamos sin parar. Reír de cualquier cosa durante horas, era nuestra actividad predilecta, hasta que oscurecía y se despedía con un beso en mi mejilla. Ahí caí en la cuenta de que nunca nos habíamos besado cuando éramos niños, simplemente nos decíamos hola y chau, con eso alcanzaba.
El domingo, mi octavo día de paperas, hacía un calor sofocante, el termómetro de alcohol que colgaba de la pared del comedor marcaba 39 grados. Cuando llegó Carla, mi mamá y el abuelo me dijeron que irían a visitar a mi tía por su cumpleaños, que llamara si hacía falta algo. Mi amiga, muy solícita, afirmó que se quedaría conmigo para atenderme. Nos quedamos solos, el calor era tan intenso aquella tarde de enero que no podíamos detener el sudor. Carla se descalzó como de costumbre y se abrió, apenas, el escote de la camisa al pararse frente al ventilador de pié que agitaba inútil el aire de la habitación.
Cuando la vi parada allí, sutilmente iluminada por los pocos rayos de luz que se colaban entre las maderas de la cortina de enrollar, me estremecí. Me invadió ese inquietante sentimiento mezcla de temor y vértigo que enfría el sudor y seca la boca. Parecía una modelo de los figurines que mi abuela coleccionaba para extraer moldes en su academia de costura. Me preguntaba dónde aprendían las mujeres esa actitud irresistible e hipnótica. Carla siempre había estado conmigo, nunca había visto en ella esa presencia desafiante. Tal vez sea una consecuencia de sus hormonas, una especie de toque mágico que reciben las mujeres y que da indicios de su fertilidad. Una manera que logró la naturaleza de garantizar la continuidad de la especie.
--¡Amiga! –le dije con la intención de sobresaltarla--.
Se volteó rápida y con la sonrisa acostumbrada, cómplice, para mirarme y afirmar:
--Estás mucho mejor, amigo… creo que tus huevos no corren peligro ya –lo dijo mientras acariciaba mi cabeza para constatar la ausencia de fiebre—.
Amiga y amigo eran palabras que usábamos desde niños para afirmar nuestra mutua lealtad, el modo que habíamos encontrado para expresar lo mucho que nos queríamos. Confiando en ese amor seguí bromeando:
– Mis huevos corren peligro, amiga, siento que van a explotar.
– ¿Te duelen? –preguntó preocupada—
– Me duelen, si, pero no por las paperas, sino por la falta de uso.
– ¡Sos un boludo! –Dijo entre carcajadas y me dio una suave cachetada— ¡No puedo creer que vos también te hayas transformado en otro pajero más! –descerrajó sin animosidad-.
– ¿Por qué "otro más"? –Pregunté irreflexivo, mientras mis gestos traicionaban un desconocido sentimiento de celos ante semejante afirmación–.
Se produjo un silencio que me sonrojaba y me obligaba a intentar distraer mi mirada hacia algo neutro y seguro, por suerte estaba la tv encendida mostrando una estúpida telenovela. Carla, en cambio, disfrutó de mi involuntaria exposición. Me empujó hacia un costado y se acostó junto a mí. Tenía una sonrisa diferente en su cara, no pude resistir fijarle la vista a su luminosa boca, tan cerca, que podía percibir ese perfume de caramelos Sugus que exhalaba su aliento.
En un instante comenzó a soplarme suavemente la frente y las mejillas húmedas de sudor. Me quedé congelado, retuve la respiración con la intención de impedir que nada del mundo interrumpiera ese mágico momento de placer. Carla, mi amiga, estaba ahí conmigo. Pero ahora era una mujer, la más bella de todas, la única, y soplaba con suavidad y gestos de hembra…de ¿amor? No lo sabía y tampoco me importaba nada en ese momento. Eso significaba que todo me importaba.
Los soplidos devinieron en besos, apenas roces de sus labios en mi frente, en mi nariz, en mi cuello. Pese a mis esfuerzos por verme íntegro, hábil, experimentado y seguro; terminé dejando escapar un suspiro que me atormentó de pudor. A ella, lejos de resultarle torpe e inapropiado, la estimuló. Se inclinó sobre mi cuerpo, me miró con la sonrisa más bella que jamás había visto. Comenzó a besarme con determinación. Su lengua fresca se acercó a mi pecho desnudo mientras con sus manos acariciaba mis bíceps. Ella me llamaba Baretta en honor a un itálico detective de la televisión cuyo aspecto se parecía, según sus arbitrarios comentarios, al de mi resumido pero contundente aspecto adolescente.
Intenté quitarle con torpeza su blusa y su corpiño, pero no lo logré sin su ayuda. Jamás entenderé por qué son tan complicados esos pequeños ganchos que utilizan los fabricantes de lencería. Un verdadero atentado a la espontaneidad. En poco tiempo estábamos desnudos los dos, frotándonos los cuerpos sudorosos, salados, con saliva recorriendo cada centímetro de nuestra piel.
Conocí el maravilloso sabor de sus lágrimas, los salobres y metálicos fluidos. Mi lengua y la suya descifrando cada uno de los accidentes topográficos de nuestras anatomías. Los ruidos que producían mis torpes arremetidas cuando podía, sin ayuda de mis manos; penetrar aquel húmedo, pero lleno de complejos pliegues y carnosas tibiezas, espacio que había anhelado durante los afiebrados sueños de mis paperas. Me parecía que las manos no debían intervenir en el sublime acto de penetrarla: Así de pesada era entonces mi mochila de mitos.
La única precaución que tomamos fue inundar con semen muchas veces su abdomen, su pecho, su cara. Es una edad en que la prisa y la potencia me permitían eyacular hasta acalambrarme una y otra vez. En la cuarta o quinta entrega descubrió su primer orgasmo, por suerte estaba yo suficientemente cansado. Eso permitió que se prolongara unos minutos (tuvimos suerte, justo es reconocerlo). Nos reímos y lloramos juntos esa calurosa tarde. Nos saboreamos, hablamos de lo que nos gustaba, lo que sentíamos. La amé. Todavía la amo al recordarla.
Pasaron miles de cosas después de aquella tarde. La vida se encargó de proporcionarnos toda clase de circunstancias: Novias, hijos, amores y desamores, divorcios, dolores, muertes…
Fragmentos, siempre, de dichosos y amargos instantes. Me preguntaba, por qué seguir con el relato de Carla. Por qué sentirme obligado a continuar la explicación, el cierre, el “¿cómo siguió?”. Me he visto tentado a hacerlo, pero no tendría ningún sentido. Esos fuimos y seremos con Carla. Mis paperas. El verano. Y ese momento en que el mundo era nuestro, inmortal. Siempre listo a ser devorado por nuestra vital voracidad. Ninguna necesidad me obliga a continuar la historia.
miércoles, 23 de junio de 2010
El amigo europeo
A Leo lo conocimos en Frankfurt por casualidad. Corrían los primeros años de la década del 90, en medio del alocado periplo europeo, estábamos con Constanza buscando la dirección del Colo y por error al escribirla, dimos con la casa del alemán. Nos atendió entusiasmado por nuestro origen argentino, se mostró muy gentil y, luego de convidarnos una cerveza en su cocina europea y pulcra, nos permitió dejar nuestras mochilas allí y se ofreció a ayudarnos a encontrar a nuestro amigo y supuesto anfitrión.
Algunas horas después, cuando dimos con nuestro destino y corroboramos que sería imposible que El Colo cumpla alguna vez con sus promesas; ya que, en una actitud fiel a su estilo, se había ido sin aviso a España olvidando por completo nuestra llegada. Nos dejó varados en aquella prolija ciudad alemana con apenas 200 dólares y un pasaje de vuelta que debía producirse en dos días. Nada que modificara el espíritu de nuestras andanzas por el continente. Leo, generoso, nos alojó en su hogar, nos mostró su violín Hoffner y su pasión por el tango.
Pocos años después, ya instalados en una ruinosa casa de City Bell en la que increíblemente vivimos por más de 10 años, una noche de setiembre, apareció Leo. Vestido como los mormones que frecuentan los barrios periféricos en busca de nuevos fieles, se presentó con esa sonrisa alemana y su piel tan blanca, la flaca tardó un buen rato en reconocerlo. Inmediatamente lo invitamos a entrar. Llegaba al Río de La Plata dispuesto a perfeccionar su música en la mismísima cuna del tango, rápidamente debimos acomodarlo en ese espacio que usábamos de sala-comedor-living. Le preparamos su cama y le convidamos todo aquello que teníamos para comer.
La misma noche en que llegó, apareció el Inca con su guitarra y enseguida los músicos se pusieron de acuerdo, sobre todo después de varias rondas de vino matizadas con cocaína que, en manos de nuestro amigo, nunca faltaba en aquellos años de la convertibilidad. Tocaron rock y blues y sobre todo tango. Hasta ese momento ignoraba que El Inca conociera tanto de música ciudadana. Como era su costumbre Constanza se fue a dormir temprano y todos seguimos recorriendo los tangos que, cancionero en mano, me atreví a cantar, sorprendido de tantas cosas que mi memoria albergaba sin que yo fuera consciente.
Leo era un visitante distinto, y de una cultura tan diferente que sorprendía todo el tiempo. En primer término debo mencionar el idioma, no entendíamos casi nada, todo se manejaba en base a gestos y a mi estúpida tendencia a levantar la voz para hacerme comprender. La única que se comunicaba con cierta fluidez era La Flaca, que hablaba algo de inglés. Eso no impedía, sin embargo, que los músicos discutieran cuestiones que les eran propias: El alemán se quejaba de que la tercera cuerda de la guitarra estuviera medio semitono desafinada y que el argentino fuera desprolijo; el guitarrista por su parte, acusaba de falta de barrio, y barro, al virtuoso violinista de la sonrisa perenne. “¡El tango transpira!” gritaba El Inca, drogado y orgulloso, para hacerse entender.
No puedo evitar reír al recordar aquella tarde en que organizamos un paseo en bicicleta para conocer la ciudad, yo me monté en la bici de La Flaca y le facilité la mía al huésped, se apareció en la calle a punto de partir con un atuendo compuesto de calzas y camiseta de lycra de encendidos colores, un calzado acorde, y un casco alargado que nunca había visto antes. No pude reprimir la carcajada al verlo así ataviado y tan preocupado por nuestra seguridad vial. Me preguntaba cómo había hecho Leo para cargar tantos objetos extraños en aquella valija pequeña con la que llegó a Sudamérica.
A los pocos días de su llegada organizamos el periplo porteño, incluía cena en el bodegón donde tocaba El Inca y después una recorrida por bares de La Boca y San Telmo donde sonara el tango. Fue increíble un duelo de violines tocando blues del que participó, con su sonrisa, el alemán y un músico vernáculo, ambos borrachos y duros, pero de estilos casi opuestos. Leo con ese aire de predicador de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días y su prolijidad, el argentino con sus canas largas y su apasionada desfachatez. Nosotros, espectadores, intensificábamos nuestras visitas al baño.
Leo se pasó gran parte de aquella noche, mientras caminábamos cantando borrachos por aquellas calles del sur porteño, cargando junto al siempre presente estuche de su instrumento, una lata vacía de cerveza, desesperado por no encontrar el recipiente indicado para arrojarla. Finalmente un piadoso amigo tomó aquel objeto y lo colocó con prolijidad excesiva en una esquina que acumulaba montones de desperdicios que alguna remota vez habían sido embolsados para que los retire el camión recolector.
Confundido nos miraba cuando le sugerimos que abandone la búsqueda de los cinturones de seguridad en el Citroen del Inca, con el que nos movilizábamos todo el tiempo. Ni qué decir de su actitud durante los viajes nocturnos en tren en aquellas formaciones del Roca. Le sorprendía que un amigo nos visitara sin avisar, y con tanta frecuencia. Adoraba la naturalidad con que afrontábamos algunos hechos, como la ausencia de comida suficiente o dinero para pagar la factura del teléfono. Todo aquello estimulaba en el visitante europeo un ambiguo sentimiento, mezcla de fascinación y temor. Tensión entre el deseo y la fragilidad e indefensión.
Algún tiempo después el alemán consiguió lugar en una orquesta de tango, un cuarteto devenido en quinteto con su presencia, que hacía funciones con regularidad en distintos puntos de Buenos Aires. Allí conoció a Lidia, la cantante, se enamoraron y se mudó con ella. Sus actividades y las nuestras nos alejaron y aliviaron la preocupación por el huésped que nos había robado la intimidad. Las visitas se fueron haciendo espaciadas y por algún tiempo perdimos contacto.
Cuando se aproximaba el fin del milenio y nuestro país se acercaba con ritmo ágil al infierno, sonó el teléfono. La novia de Leo nos llamaba preocupada, lo habían internado en el Borda con un brote sicótico. No podíamos creer lo que nos decía aquella mujer, no podíamos relacionar la imagen de aquel alto y rubio extranjero con el hospital psiquiátrico de los desamparados. Llamamos al Inca y corrimos a encontrarnos con él. Nos impidieron verlo, nos dijeron que estaba descansando, gritamos y peleamos con la guardia del hospital, en un intento por torcer la decisión y ver a nuestro amigo. Debíamos hacer algo.
Aturdidos buscamos entre los papeles, mapas y recuerdos de nuestro viaje por Europa, hasta encontrar el teléfono del alemán. Constanza, en inglés, logró comunicarse con alguien, que conocía a un amigo, que sabía el paradero de la familia de Leo. Su papá finalmente nos informó aquella misma noche que vendría en 48 horas a llevarse a su hijo. Concertamos la cita en un bar cercano al psiquiátrico, lo reconocimos inmediatamente cuando llegó, tan alemán y elegante, en compañía de otras tres personas. Noté que sus zapatos costaban más dinero que el auto del Inca. Un intérprete, que formaba parte de la comitiva, nos informó que habían llegado de Alemania un médico y un enfermero enviados por la empresa de salud prepaga de la familia.
Cuando salió de aquel lugar, nuestro amigo estaba irreconocible. La barba y el cabello largo, su piel enrojecida, sus ojos mirando al vacío, y su sonrisa eterna convertida en mueca inexpresiva. Intentó saludarnos pero parecía que su cuerpo no alcanzaba a responder a sus intenciones. Lo subieron en un automóvil que había puesto a disposición el consulado y emprendieron la marcha hacia el aeropuerto. El Inca y yo intentamos seguirlos, aunque los perdimos de vista rápidamente cuando aceleraron aquel Mercedes Benz que los ocultaba tras sus vidrios oscuros.
En Ezeiza los encontramos a punto de embarcar, Leo vestía un elegante pantalón y una camisa amarilla. Seguramente habían reemplazado su raído pijama en el trayecto. Nos sonrió nuevamente, y esta vez parecía volver a asomar aquella gestualidad que lo había acompañado cuando lo conocimos. Al perderlo de vista corrimos con el Inca hacia el estacionamiento, temíamos que el valor de la estadía en el aeropuerto supere nuestra capacidad económica.
Nunca supimos qué fue lo que pasó, solo que lo denunciaron por saltar desnudo sobre los techos de los autos. Lidia no dio más detalles y no volvimos a verla. De regreso a City Bell, algo duros y todavía sorprendidos, especulábamos con El Inca sobre aquello que Leo no pudo superar, la distancia que había entre su ordenado país y nuestra Argentina en crisis.
Todo un palo, ya lo ves
El futuro ya llegó.